La sinfonía suena, pero en la partitura se ha colado una nota falsa apenas perceptible. Así, más o menos, buscan los físicos desviaciones de la relatividad general en los 'sonidos' del universo: las ondas gravitacionales producidas por la fusión de agujeros negros. Estas ondas, como círculos en el agua tras lanzar una piedra, se expanden por el tejido del espacio-tiempo y llegan a los detectores en la Tierra.
Los autores del nuevo trabajo construyeron un 'entrenador de notas falsas': tomaron 173 eventos reales del catálogo de observaciones de ondas gravitacionales y crearon sus copias exactas según las ecuaciones de Einstein. Luego, en esas copias introdujeron cuidadosamente distorsiones: diminutos desplazamientos de fase que podrían surgir si la gravedad estuviera organizada de forma un poco más compleja de lo que creemos. El resultado fue un conjunto de señales 'limpias' y 'estropeadas' para entrenar la red neuronal.
Este enfoque multiplicó por 33 la sensibilidad de la clasificación en comparación con el análisis habitual de señales depuradas. La red neuronal aprendía con esos retratos diferenciales y encontraba patrones casi imperceptibles: rasgos colectivos de las desviaciones que no se ven a simple vista ni se captan con métodos estadísticos simples. Al final, el algoritmo logró detectar de forma fiable los efectos de la gravedad masiva, una teoría donde las partículas portadoras de la atracción gravitatoria tienen una masa diminuta del orden de 10⁻²³ electronvoltios. Para hacerse una idea: es un trillón de trillones de veces más ligero que un neutrino.
El método no solo busca una aguja en un pajar: aprende a reconocer la propia forma de la aguja entre las pajas, aunque esté ligeramente doblada. Y algún día este afinado del oído ayudará a los físicos a escuchar esa nota falsa en la sinfonía del cosmos.
La sensibilidad de los detectores aLIGO es tal que pueden notar un cambio en la longitud del brazo de cuatro kilómetros equivalente a la milésima parte del diámetro de un protón: es como medir la distancia a la estrella más cercana con la precisión del grosor de un cabello humano.
La idea de una gravedad 'incorrecta' aparece en la novela 'Echopraxia' de Peter Watts: allí las ondas gravitacionales transportan información de universos paralelos, y sus distorsiones son la clave para el contacto.