El agua hierve en la olla y del fondo suben burbujas. Crecen, ascienden y revientan, y el agua sigue siendo agua. Algo parecido, según han descubierto los físicos, puede ocurrir con el propio espacio — si en él hay energía oscura (la misteriosa fuerza que acelera la expansión del universo).
En un universo así, que se expande eternamente, a veces nacen agujeros negros. No a partir de estrellas moribundas, sino directamente del vacío — como una burbuja de vapor en el seno de un líquido. Un nuevo trabajo precisa este mecanismo. Los autores examinaron una vieja idea según la cual el nacimiento de un agujero se describe mediante una «instantánea» especial de la geometría: el llamado instantón de Nariai. Antes faltaba un detalle importante: en los cálculos no había observador. Cuando se lo añadió, apareció en las fórmulas la fase imaginaria necesaria — y el proceso adquirió sentido físico.
Y hay más. Los autores comprobaron qué le sucede a un agujero recién nacido. Trabajos anteriores predecían un extraño escenario de «antievaporación»: el agujero no menguaba, sino que crecía, alimentándose de la energía de la expansión. El nuevo análisis mostró que eso es un artefacto de una mala elección del estado inicial — con discontinuidades en el horizonte que no deberían existir en la naturaleza. Si se toma un estado liso, consistente con el nacimiento cuántico, todo encaja. El agujero se comporta como uno ordinario: emite radiación térmica y adelgaza.
La evaporación llega hasta el final. El agujero desaparece, y a su alrededor vuelve a haber un vacío liso, vacío y máximamente desordenado — el mismo del que todo partió. El ciclo completo resulta ser una especie de fluctuación de Boltzmann: en el inmenso mar del equilibrio, surge por un instante una estructura compleja para disolverse de inmediato sin dejar rastro.
Si ese agujero pudiera verse con un telescopio, parecería una diminuta esfera negra que brilla cada vez más intensamente a medida que se encoge — y al final estalla en un destello de rayos gamma.