Millones de cilios —finos pelillos— trabajan dentro de los diminutos conductos de nuestro cuerpo. Laten de forma coordinada, como los remos de una galera, y empujan moco o líquido viscoso. Los autores del nuevo estudio propusieron ver el tapiz ciliar como un medio poroso activo: algo así como una esponja que se comprime y se expande por sí misma, impulsando el agua. Este enfoque es más sencillo que seguir cada pelillo, pero más preciso que los antiguos modelos promediados.
Los investigadores identificaron dos parámetros decisivos. El primero es la fracción del volumen del conducto ocupada por los cilios (cuantos más hay, más se estorban entre sí). El segundo es cuánto cubren los cilios la sección transversal del conducto, es decir, qué parte de la luz pueden obstruir. Al resolver las ecuaciones de movimiento del fluido para este "filtro vivo", los científicos encontraron una clara relación lineal: cuanto mayor es la velocidad del flujo, menor es la presión de retroceso que el sistema puede superar. Es como una marcha de bicicleta: a baja velocidad se puede subir una cuesta empinada, y a alta velocidad solo se puede correr por terreno llano.
Este principio es universal: no depende de la forma específica de la onda ni de la frecuencia de latido. Explica por qué en diferentes órganos los cilios están dispuestos de manera distinta: en unos se necesita velocidad (limpieza de los bronquios), y en otros, presión (empujar líquidos viscosos). A los ingenieros que crean microbombas para laboratorios en un chip ahora les queda claro: no se puede obtener a la vez un alto caudal y una alta presión; hay que elegir.
Los cilios humanos realizan unos 10–15 latidos por segundo, y la onda coordinada recorre sus filas a una velocidad de aproximadamente 1 mm/s: más rápido de lo que crecen las uñas, pero más lento de lo que se arrastra un caracol.