Una sábana bien tensa reposa sobre la mesa durante varios días. En apariencia está inmóvil, pero en las fibras de la tela se conserva la tensión: basta con aflojar un poco un extremo y las arrugas correrán, reordenando todo el patrón. De manera muy similar se comporta una capa de células epiteliales en estado de reposo. No solo se queda quieta, sino que acumula tensiones mecánicas: una especie de memoria celular de los movimientos pasados.
Cuando se añade suero al medio (una señal de despertar), esas regiones pretensadas se convierten en fuentes de comportamiento colectivo. De ellas, como de pequeñas estrellas, se propagan ondas que marcan la dirección de la migración. En los cruces de esas ondas surgen defectos topológicos: puntos donde la orientación de las células cambia bruscamente, como remolinos en una multitud. Estos defectos no solo derivan, sino que chocan y se aniquilan, y lo hacen mucho más rápido que si solo los empujaran las fuerzas elásticas.
El modelo elástico activo construido por los autores reprodujo con precisión esta dinámica. Resultó que la memoria mecánica del epitelio en reposo no es una huella pasiva, sino un mecanismo de disparo. Al despertar, libera la energía acumulada y hace que la capa celular se reorganice en un movimiento colectivo mediante un rápido ordenamiento de los defectos. Esto no se parece ni a la clásica descompactación de un empaquetamiento denso ni a una transición a modo enjambre: estamos ante una vía especial, mecánicamente programada, hacia la migración coordinada.
Una capa epitelial que parece completamente inmóvil puede conservar tensión mecánica durante años, igual que una cuerda de arco tensa recuerda la fuerza del arquero.
En la novela de Peter Watts «Echopraxia», los soldados heridos usan vendajes «inteligentes» que dirigen la migración celular dictándoles el patrón de curación mediante señales mecánicas.