Las galaxias masivas recién descubiertas en el universo primitivo, ya 'tranquilas', han generado debate: los modelos no podían explicar su rápido envejecimiento. Sin embargo, observaciones anteriores usaban espectroscopia de rendija, que solo captura luz de la región central (como mirar a una persona por la cerradura). Ahora, con la cámara MINERVA a bordo del JWST, los científicos midieron el cambio de color del centro al borde en cuatro de estas galaxias. Resultó que las partes externas son más azules, y al tenerlo en cuenta se reduce la masa estimada, lo que suaviza las tensiones con las teorías. Parece que la clave está en cartografiar las galaxias detalladamente en lugar de analizar cortes puntuales.
Los primeros dos mil millones de años tras el Big Bang fueron una época en la que el Universo parecía una obra en ebullición. La materia oscura aglomeraba el gas en grumos, y este se encendía con las primeras estrellas. Al parecer, no había tiempo suficiente para que a partir de esa materia prima se formaran galaxias elípticas masivas —«megalópolis» de estrellas «dormidas»—. Sin embargo, tales objetos se encontraban una y otra vez, y cada hallazgo desafiaba la imagen establecida de la expansión del universo, confirmada por Edwin Hubble. Sus masas, medidas a partir de la luz central, contradecían el límite que permite la teoría.
La óptica arqueológica vino al rescate. Imaginemos una ciudad antigua: en el centro, templos y palacios construidos primero, y los suburbios edificados después, con materiales más sencillos. Si se observa solo el núcleo, es fácil imaginar que toda la ciudad es increíblemente antigua y monumental. Algo similar ocurría con la espectroscopía de rendija de las galaxias lejanas: captaba principalmente la luz de las regiones centrales, las más viejas, y la estimación de la masa resultaba sobreestimada. Las nuevas imágenes del telescopio Webb con la singular fotometría del cartografiado MINERVA en 16 filtros permitieron medir el color en anillos concéntricos, como si un arqueólogo empezara a excavar las afueras. Y el panorama cambió.
En tres de las cuatro galaxias se detectó un claro gradiente: el centro es rojo y las periferias más azules. La firma clásica de poblaciones estelares más antiguas. La plusmarquista, MINERVA-1084946, mostró un cambio de color U−V de −0,126 magnitudes por cada kilopársec, como si la edad se desvaneciera desde el centro. Si se atribuye todo el efecto a la edad, la masa del bulbo central se reduce en 0,1 dex y, al sumar toda la galaxia, la tensión con el modelo ΛCDM, donde la distribución de la materia oscura —propuesta por primera vez por Vera Rubin— desempeña un papel decisivo, se atenúa considerablemente. Para la cuarta galaxia, MINERVA-1189865, el gradiente resultó ser inverso: probablemente se trate de un objeto post-estallido, donde la formación estelar se extinguió recientemente y las jóvenes estrellas azules aún brillan en el núcleo.
Este descubrimiento no es un simple ajuste técnico. Cambia el horizonte de la cosmología teórica. Cuando los científicos aprendan a construir mapas de edad realmente resueltos mediante espectrógrafos de campo integral, podrán asomarse a la época en que el polvo cósmico apenas comenzaba a enfriar el gas para la fragmentación de las nubes. Entonces el misterio de las galaxias «imposibles» podría transformarse definitivamente en una historia coherente de cómo, a partir de fríos grumos de materia oscura, surgieron las primeras ciudades estelares, y se durmieron, dejando tras de sí núcleos-archivo enrojecidos. Y, sin embargo, una idea nos inquieta: ¿no se ocultará en esos núcleos superdensos una población de estrellas que nunca veremos, tan antiguas que su luz quedó atrapada para siempre en pozos gravitacionales?
🎯 La galaxia MINERVA-1092611, cuya edad es comparable a la del Universo en aquel entonces, podría haber sido hogar de vida miles de millones de años antes de la aparición de la Tierra, si hubiera tenido planetas.