En los primeros instantes después del Big Bang, el Universo se expandía y enfriaba. Como el agua al congelarse, en el tejido del espacio-tiempo surgieron grietas: las cuerdas cósmicas. Estos filamentos superdensos son más finos que un protón, pero cada centímetro contiene una masa comparable a una montaña.
Durante mucho tiempo se pensó que las cuerdas eran casi eternas. Nuevos cálculos con teoría cuántica de campos tuvieron en cuenta por primera vez su grosor real y mostraron: la desintegración es más rápida. La causa es el tunelamiento cuántico: las partículas pueden atravesar barreras, como fantasmas a través de las paredes. Por ello, las cuerdas se rompen espontáneamente, generando monopolos magnéticos, partículas esquivas que los físicos llevan décadas buscando.
La rápida desintegración cambia la señal esperada de ondas gravitacionales, el oleaje del espacio-tiempo. Detectores como LIGO (Rainer Weiss, Kip Thorne) podrían registrar estallidos más débiles y raros. También se buscan huellas de estos eventos en la radiación de fondo cósmico, la luz antigua del Universo, así como en observaciones de estrellas de neutrones.
🎯 Una cuerda cósmica con un grosor de milmillonésimas de protón tiene una tensión tal que en cada centímetro se esconde la masa de un rascacielos.