Cuando una galaxia lejana nos envía su luz, esta se atenúa con la distancia — y por esa atenuación podemos saber a qué distancia se encuentra. Más o menos así funcionan las ondas gravitacionales: cuanto más lejos está su fuente, más débil es el temblor del espacio que captan los detectores en la Tierra. Pero si nuestro mundo tiene dimensiones ocultas, la gravedad podría «filtrarse» hacia ellas, y las ondas se atenuarían más rápido de lo normal.
Los autores del trabajo tomaron un catálogo de 141 fusiones de objetos compactos — agujeros negros y estrellas de neutrones — y compararon la intensidad medida de las ondas con las distancias a las galaxias del catálogo GLADE+. Este método se llama «sirena oscura»: a diferencia de los destellos ópticos, no requiere ver la luz de la colisión. Si la gravedad se escapa a la quinta dimensión, las ondas se debilitan más de lo que predice la relatividad general.
Los científicos introdujeron dos parámetros: el número de dimensiones D y la escala de transición $R_c$, en la que la gravedad cambia su comportamiento. El análisis dio D = 4,38 con un rango de incertidumbre bastante amplio — de 3,37 a 6,29. Esto significa que los datos aún no contradicen las cuatro dimensiones habituales. El valor de $R_c$ quedó casi sin restringir: la escala de transición podría ser muy grande, y los detectores actuales simplemente no la perciben.
La conclusión es prudente: la relatividad general de cuatro dimensiones vuelve a resistir. Pero el método de la «sirena oscura» apenas comienza a ganar fuerza. Con cada nuevo catálogo de observaciones, la sensibilidad aumentará, y quizás algún día veamos ese quiebre en la atenuación de las ondas — la señal de que el espacio es más complejo de lo que parece.
Si la gravedad se propagara en cinco dimensiones, la fuerza de atracción disminuiría con la distancia más rápido — como el cubo, no como el cuadrado. Los planetas se dispersarían y las estrellas no podrían agruparse en galaxias.