Cuando los cuerpos masivos se mueven con aceleración —por ejemplo, dos estrellas que giran una alrededor de la otra—, el espacio que los rodea no permanece en calma. Tiembla, como la superficie de un estanque cuando se lanza una piedra. Estas vibraciones se denominan ondas gravitacionales. Transportan energía hacia afuera y la fuente pierde masa gradualmente.
Un grupo de físicos liderado por Geoffrey Compère se preguntó: ¿cómo calcular con precisión esta pérdida de masa? En el espacio-tiempo curvo, las fórmulas simples no funcionan. Consideraron ondas débiles lejos de la fuente, donde la curvatura del espacio-tiempo ya es pequeña. Resultó que la clave está en los momentos multipolares, que son algo así como las "huellas" de la distribución de masa y movimiento: qué tan rápido gira un objeto, cuán achatado está, cómo se desplaza su centro.
Al vincular estas huellas con las vibraciones de la métrica (así llaman los físicos a la descripción de la geometría del espacio-tiempo), los autores derivaron flujos de carga: cantidades que muestran cuánta "materia gravitacional" se escapa en las ondas. El cálculo se basa en la aproximación adiabática: los cambios en la fuente ocurren lentamente en comparación con el paso de la onda, como si sumergieras una piedra en el agua lentamente mientras las ondas se expanden rápido.
El resultado del trabajo no es solo una fórmula abstracta. Conecta lo que se puede medir (cómo cambia la distancia entre detectores) con lo que le sucede a la propia fuente de las ondas. Así aprendemos a leer la historia de las fusiones de agujeros negros a través de las ondas que llegan a la Tierra.
El efecto memoria de las ondas gravitacionales es tan débil que, tras el paso de una onda típica de una fusión de agujeros negros, los detectores deberían notar un desplazamiento menor que el tamaño de un núcleo atómico.
En la novela "Contacto" de Carl Sagan, los extraterrestres codifican un mensaje en ondas gravitacionales: el efecto memoria podría ser un portador natural de esa información.