Los detectores de ondas gravitacionales (ideadas por Einstein y captadas por los instrumentos de Weiss) registraron cómo un agujero negro de 23 masas solares engulló un objeto de 2.6 masas solares. Demasiado ligero para ser un agujero negro y demasiado pesado para una estrella de neutrones, se encontraba en la «zona prohibida» señalada por Chandrasekhar. La solución la dio un remolino: tras la supernova, alrededor del agujero se formó un disco de plasma. Como la espuma en un vórtice, se fragmentó en grumos. Uno se desprendió y giró durante 60 días perdiendo energía hasta caer; entonces estalló una kilonova y en ella, como en un caldero alquímico, se sintetizaron elementos pesados (nucleosíntesis).
Los modelos computacionales (simulación numérica) confirmaron el escenario. Pero la gran sorpresa: el retraso de dos meses vinculó las ondas gravitacionales con una galaxia lejana. Así, por primera vez se midió directamente la expansión del Universo, aproximadamente 70 km/s por megapársec. La propia evolución estelar cronometró este intervalo con más precisión que cualquier reloj.
La probabilidad de que la supernova coincidiera en el tiempo por casualidad es inferior al dos por ciento: la naturaleza preparó claramente este espectáculo.