Cuando los remeros actúan coordinadamente, el bote vuela hacia adelante sin gasto extra. Así se comportan también las partículas en la termofísica cuántica: se las puede llevar a un único estado cuántico — como marcando un ritmo común. Entonces la transferencia de energía se acelera cientos de veces, y la entropía (medida del caos) apenas crece, aunque normalmente los procesos rápidos siempre vienen acompañados de calentamiento.
El secreto está en el intercambio de información cuántica y el entrelazamiento de partículas — esto sortea las limitaciones clásicas. El motor de un auto se calienta más cuanto más rápido gira. Pero el «motor» cuántico, gracias a los efectos colectivos, acelera casi sin pérdidas térmicas.
Los físicos modelaron tal proceso con la idea del «demonio de Maxwell» — un dispositivo mental de 1871 capaz de bombear calor en contra de la segunda ley. Los cálculos numéricos confirmaron: el trabajo colectivo potencia la transferencia. Esto abre el camino a las baterías cuánticas, cuyo tiempo de carga se reduce proporcionalmente al cuadrado del número de partículas. Requisitos: mantener la coherencia cuántica y tener en cuenta el principio de incertidumbre. El legado de John von Neumann sobre información y energía encuentra aplicación práctica.
El famoso «demonio» fue ideado por James Clerk Maxwell ya en 1871, pero recién ahora los físicos lo convirtieron de experimento mental en una herramienta real para cargar baterías.