Cuando dos estrellas de neutrones superdensas chocan, se produce una explosión conocida como kilonova. Este cataclismo cósmico es la principal forja de elementos pesados, desde el oro hasta el uranio. La materia expulsada se calienta a millones de grados y se asemeja a vapor metálico. Pero a medida que se expande y enfría, el vapor empieza a condensarse: como el aire húmedo forma rocío, aquí surgen diminutas partículas sólidas de polvo (polvo cósmico). Su composición —tungsteno, osmio y quizás oro— sorprende: debido a su alto punto de fusión, estos metales son los primeros en 'precipitarse' de la nube. A diferencia del polvo de supernovas, rico en elementos ligeros, aquí predominan metales raros y valiosos: un auténtico tesoro cósmico. El proceso es vertiginoso —apenas unas horas— y las partículas permanecen calientes, emitiendo en el infrarrojo. Precisamente ese brillo fue captado por los telescopios días después del destello. Con el James Webb y la espectroscopía se logró descomponer la luz en colores y a partir de ellos determinar la composición del polvo. Ahora el resplandor tardío de las kilonovas no es un enigma, sino una herramienta. Nos cuenta cómo los elementos pesados se dispersan por las galaxias y, con el tiempo, pueden formar parte de nuevos planetas... e incluso de joyas.
Estas motas de polvo cósmico son tan diminutas que cientos cabrían en la punta de un cabello, pero cada una brilla como una brasa incandescente y podría estar hecha de oro puro.