En los líquidos comunes, la agitación se calma por sí sola. Pero hay medios donde la calma es imposible: una solución con bacterias o con motores moleculares. En ellos hierven continuamente vórtices y chorros — es la turbulencia activa. Cuando se colocó una simple gota en semejante tormenta artificial, su destino se siguió mediante simulación por ordenador.
La gota responde a los flujos con metamorfosis bruscas. La mayor parte del tiempo es casi redonda, pero de repente se alarga en una tira, como una lona bajo una ráfaga. Estos saltos obedecen a una ley sin escala: hay muchas transformaciones débiles y catastróficamente pocas fuertes.
Este temblor caótico es una herramienta lista para usar. Al leerlo, se puede comprender qué ocurre dentro de una célula viva o diseñar un microrobot para nadar en entornos turbulentos. Procesos similares gobiernan la reconexión de campos magnéticos en los rayos cósmicos y el movimiento del medio interestelar.
Incluso el creador de la mecánica cuántica, Werner Heisenberg, consideraba la turbulencia como uno de los mayores misterios de la naturaleza.
En «Solaris» de Stanisław Lem, el océano inteligente se comporta como un fluido activo, y los científicos intentan descifrar sus señales. El estudio de las gotas en turbulencia es un paso real hacia la comprensión de esa materia fantástica.