Dos fusiones recientes de agujeros negros resultaron ser inusuales: en cada pareja, uno de los agujeros negros quizás no nació de una estrella, sino que surgió de una colisión anterior, como una «nieta» en el árbol genealógico cósmico. Esto sugiere que los agujeros negros pueden crecer fusionándose repetidamente en densas «megalópolis» estelares. ¿Lograremos trazar toda su genealogía?
Recientemente, los detectores de ondas gravitacionales registraron dos fusiones inusuales de agujeros negros. El análisis reveló que en cada pareja, uno de los agujeros negros no era simple, sino «ensamblado»: se formó a partir de la colisión de otros dos agujeros negros en el pasado. Es como jugar con bloques de construcción: en lugar de usar solo piezas sueltas, a veces empleas módulos ya montados.
La idea de los agujeros negros se remonta a los cálculos de Karl Schwarzschild, y el primer intento de detectar ondas gravitacionales lo realizó Joseph Weber hace medio siglo. Hoy sabemos que las galaxias, cuya clasificación estudió Edwin Hubble, a menudo albergan en sus centros agujeros negros supermasivos y discos de gas: lugares ideales para el nacimiento de agujeros negros «ensamblados».
Las ondas gravitacionales transportan información a través del cosmos a la velocidad de la luz, y hemos aprendido a leerla. Para ver estas fusiones también en luz normal, necesitaremos la espectroscopía, un método que descompone la luz en colores y permite encontrar en ella las líneas del hidrógeno del gas caliente. En esto ayudarán tanto el telescopio Hubble como los futuros observatorios. Así se abrirá un nuevo capítulo en la astronomía: una visión unificada en gravedad y luz.
🎯 Los agujeros negros descendientes de fusiones siempre giran aproximadamente a la misma velocidad: alrededor del 70 % del máximo posible. Esto los hace fácilmente reconocibles en los datos de ondas gravitacionales.