En los cúmulos estelares, donde miles de astros se agolpan como personas en hora punta, las colisiones son inevitables. Cuando dos estrellas grandes se fusionan, nace un gigante azul ardiente, rodeado de una envoltura de hidrógeno. Mediante espectroscopía —un método para descomponer la luz—, los astrónomos ven por el color que esta estrella es increíblemente caliente. Y lo más importante: gira como un trompo, porque se comprimió tras la fusión. Es como un patinador que pega los brazos al cuerpo y da vueltas más rápido.
Más tarde, este gigante colapsa en un agujero negro —un objeto con una gravedad tan intensa que ni siquiera la luz puede escapar. Sorprendentemente, el rápido giro de la estrella se transmite a este abismo cósmico. El resultado es un agujero negro con una velocidad de rotación vertiginosa, casi al límite de lo posible.
Estos agujeros negros rápidos dejan una huella especial en el espacio: ondas gravitacionales que, como ondulaciones en el agua, se propagan a la velocidad de la luz. Las captan detectores gigantes en la Tierra. Con el telescopio Hubble, los científicos observan cúmulos jóvenes donde ahora mismo están naciendo futuros trompos cósmicos. Todo este cuadro encaja en la historia del Universo desde el mismo Big Bang, porque justo entonces empezaron a encenderse las primeras estrellas.
Una sola fusión de estrellas en un cúmulo denso puede hacer girar un futuro agujero negro hasta mil veces por segundo, cuando sin esa intervención habría permanecido casi inmóvil.
Los agujeros negros que giran rápido ralentizan el tiempo, como se muestra en la película 'Interstellar', y su danza cósmica afecta a toda la galaxia.