En una colina empinada, las personas en la cima pueden estirarse: hay más espacio, mientras que en el valle se apretujan. El mismo principio funciona en los tejidos vivos: en las zonas convexas, las células se hacen más grandes. Robert Hooke ya en el siglo XVII observó células, sin imaginar que su tamaño lo dicta la geometría de Euler y Riemann. Un modelo computacional de una superficie con forma de huevo confirmó que la curvatura modifica la relación entre perímetro y área, la tensión de los contactos disminuye y la célula se expande hasta equilibrar las fuerzas. No hace falta química, solo la mecánica de la forma. El número de ángulos no importa: una célula pentagonal actúa igual que una hexagonal. Esta ley geométrica es universal: es la misma que hace que el agua fluya bajo la gravedad, que la entropía aumente y la curvatura del espacio-tiempo desvíe la luz en las galaxias, donde la materia oscura comprime estrellas hasta la densidad de una estrella de neutrones, e incluso el Big Bang la obedece. Quizás, por la forma del paisaje, podamos identificar rastros de vida basada en carbono en planetas lejanos.
El tamaño de las células depende solo de la curvatura, no del número de ángulos: una célula pentagonal se comporta igual que una hexagonal.
En la novela de Isaac Asimov 'Los propios dioses', los alienígenas cambian de forma; quizás sus cuerpos también obedezcan leyes geométricas.