El cerebro capta un mar de señales —el susurro del viento, un destello de luz—, pero solo migajas llegan a la consciencia. Los científicos construyeron un modelo donde el área de trabajo cerebral se describe como un «espacio matemático» especial, propuesto por el matemático John von Neumann. En él, las sensaciones recuerdan a una niebla o nube de probabilidades: con atención débil permanecen dispersas, como vapor. Una ecuación, similar a la de Erwin Schrödinger, muestra cómo la nube se mueve hasta que dirigimos el foco. Entonces, abruptamente se condensa en una gota-pensamiento nítida — como una captura instantánea de la esencia.
El modelo reveló tres etapas. Un estímulo demasiado débil: vapor sin rastro. Una señal fuerte con atención dispersa produce una gota que se evapora al instante: preconsciencia. Solo cuando tanto el estímulo como la atención superan el umbral, la gota se mantiene y entra en la consciencia. Un experimento computacional confirmó: la transición recuerda a un clic de interruptor, no a un aumento gradual. La consciencia resulta no ser un flujo suave, sino una secuencia de instantáneas momentáneas, cada una de unos 200 milisegundos.
La estabilidad de la gota depende de la precisión del conjunto: una señal borrosa deja demasiado «o esto o aquello», y las opciones ocultas se dispersan. El ruido de interferencia dificulta el enfoque. Pero cuando hay suficiente atención, las partes de la imagen se apoyan mutuamente de forma coordinada, expulsando lo superfluo. Toda esta mecánica se basa en la matemática de un paisaje mental unificado, donde los pensamientos son solo ondas en un campo común.
La toma de consciencia ocupa unos 200 milisegundos, más o menos lo que dura el instante «ahora», cuando el cerebro reúne sensaciones dispersas en una imagen unificada.
La metáfora de la consciencia como nube resuena con el «paisaje mental» de «Neuromante» de William Gibson, donde la mente viaja por extensiones digitales.