Gas incandescente, girando en espiral, cae sobre un objeto superdenso invisible. Tal disco se asemeja a un vórtice gigante, pero a menudo está inclinado: su eje no coincide con el eje de rotación del cuerpo central. La gravedad del objeto masivo hace que el disco se balancee ligeramente, como una peonza que pierde el equilibrio. Los físicos han derivado por primera vez la ecuación que describe esta inclinación teniendo en cuenta todas las sutilezas de la teoría de la relatividad.
Antes, los cálculos se simplificaban suponiendo una rotación lenta. El nuevo trabajo abarca cualquier velocidad, desde moderada hasta extrema, incluidas las llamadas singularidades desnudas. Estos son objetos sin horizonte de sucesos, donde la curvatura del espacio-tiempo se vuelve infinita, pero no está oculta tras una 'superficie de no retorno'. Resulta que en las singularidades desnudas el disco se arquea con una joroba característica, allí donde la rotación del gas casi se detiene. En un agujero negro no existe tal joroba.
Esta diferencia no es solo una curiosidad matemática. La inclinación del disco modifica la emisión de rayos X que captan los telescopios. Analizando el espectro y la polarización, los astrónomos pueden asomarse al corazón de la galaxia y comprender con qué tienen que ver: con un agujero negro o con un objeto más exótico. El método no ofrece una garantía del cien por cien, pero junto con otros datos se convierte en una herramienta poderosa.
Las singularidades desnudas aún no se han detectado, pero si existen, giran más rápido que cualquier agujero negro posible.
En la novela 'Espacio de revelación' de Alastair Reynolds, los misteriosos objetos con singularidades desnudas sirven como clave para los secretos de civilizaciones desaparecidas.