Un esqueleto invisible de materia oscura mantiene unidas las galaxias impidiendo que se dispersen, y su presencia es delatada por estrellas que giran en los bordes a velocidades increíbles. Vera Rubin y Fritz Zwicky fueron los primeros en notar este agarre fantasmal. Ahora los físicos buscan una "veta de oro" justo bajo sus pies: partículas hipotéticas pesadas y cargadas llamadas CHAMP, que durante miles de millones de años tras el Big Bang se fueron depositando en la corteza terrestre, como granos de metal precioso en la arena.
El método recuerda al bateo de oro: un litro de agua, hielo triturado o roca se pasa por una centrifugadora para separar la fracción más pesada. Luego, una balanza atómica (espectrómetro de masas) busca entre los granos aquellos anormalmente masivos y cargados; antes solo se detectaban en rayos cósmicos y meteoritos, pero ahora lo necesario podría proporcionarlo simple agua corriente o un glaciar milenario.
Si el método funciona, el misterio del universo se revelará en un tubo de ensayo, sin gigantescos aceleradores. Y la densidad de estas partículas resultaría huracanada: reunidas en un dedal pesarían más que una cordillera, como la materia de las estrellas de neutrones o las enanas blancas, aplastadas por su propia gravedad hasta lo imposible.
Para buscar partículas de materia oscura basta con agua común, la que sale del grifo, aunque los científicos, por supuesto, preferirán la destilada para no confundir lo buscado con impurezas.