Un enjambre de robots se asemeja a una bandada de luciérnagas: cada uno se mueve por instinto 'hacia donde hay más espacio', y el caos se convierte en orden. Durante mucho tiempo fue un misterio cómo surge la coordinación sin comunicación ni órdenes. La solución llegó con la creación del Mapa de Respuestas, una herramienta que, como una radiografía, revela la lógica oculta del cerebro de las máquinas.
El mapa sacó a la luz un hecho sorprendente: los robots, sin proponérselo, construyen un modelo de la tarea como un espacio curvado. Al ensamblar una figura, se lanzan hacia el centro vacío, como canicas que ruedan hacia un embudo gravitacional. Cuando el centro se llena, la atracción se desplaza automáticamente hacia los bordes, y el enjambre se expande, como el universo en expansión aleja las galaxias.
En el juego de persecución, las 'presas' se apiñan instintivamente en las líneas donde la presión de los perseguidores se equilibra, exactamente igual que la materia oscura se acumula en filamentos invisibles y esculpe el armazón de las galaxias. Así, el enjambre, sin una sola señal, encuentra a tientas la geometría del problema, como el agua que halla sin error su cauce entre las piedras.
A diferencia de las abejas, que 'votan con las patas' por un nuevo hogar, estos robots no se comunican en absoluto: el entorno mismo les dicta la estrategia.
Lem, en 'El Invencible', describió un enjambre de micromáquinas que toma decisiones sin un centro único, como nuestros robots, que por sí mismos descubren la geometría invisible.