El mundo cuántico se parece a una cocina donde, de la nada, aparecen partículas. Pero para ello se necesita un cocinero: un campo clásico que actúe como fuente externa. El teorema de Glauber, conocido desde hace tiempo en óptica, ahora se ha generalizado: muestra cómo el campo "cocina" las partículas, ya sean fotones o gravitones.
Los autores tomaron un hamiltoniano (la receta energética del sistema) con términos hasta el segundo orden en los operadores de creación y aniquilación. Resulta que el operador de evolución temporal puede descomponerse en tres acciones simples: desplazamiento, compresión y rotación. Es como si una danza compleja de partículas se redujera a tres movimientos básicos. Las ecuaciones para estos movimientos ya no son operacionales, sino numéricas ordinarias, fáciles de resolver en una computadora o incluso a mano.
Este enfoque es universal. En los experimentos de búsqueda de axiones (candidatos a materia oscura), un resonador de microondas actúa como fondo clásico, convirtiendo axiones en fotones. Este es un régimen lineal: un simple desplazamiento. Pero en la fusión de agujeros negros, los gravitones se generan mediante interacciones cuadráticas; aquí se necesitan tanto compresión como rotación. Los estados iniciales térmicos, importantes para resonadores reales, también encajan en el esquema. En definitiva, se puede calcular con rigor no solo el número medio de partículas, sino también estadísticas más sutiles, por ejemplo, cuánto "ruido" tienen los fotones en el detector.
El teorema de Glauber originalmente describía la luz láser, pero resultó ser la clave para entender la creación de partículas a escalas cosmológicas.