Dos diminutos diamantes flotan en el vacío, separados por una distancia que la luz no puede recorrer durante el experimento. Dentro de cada uno, como una chispa congelada, reside un espín entrelazado: un estado cuántico que los une en un todo único. Ahora los diamantes comienzan a moverse, pero no de cualquier manera: cada uno parece desdoblarse, existiendo en dos lugares a la vez. Esto no es un truco, sino una superposición espacial, el corazón del nuevo experimento que debe responder a la pregunta: ¿es la gravedad cuántica?
Los espines dentro de los diamantes (por ejemplo, los defectos de centros NV) ya están entrelazados, pero eso no basta. Su movimiento genera campos gravitatorios, y si la gravedad es realmente cuántica, esos campos también se entrelazarán. Surgirá lo que se denomina un estado EPR de la curvatura del espacio: una conexión tan profunda que medir un campo se reflejará instantáneamente en el otro.
Los científicos proponen realizar mediciones únicamente sobre los campos gravitatorios, sin tocar los diamantes mismos. Es una jugada astuta: elimina cualquier resquicio relacionado con la localidad (ninguna señal podría espiar a su vecino). Si en los resultados aparece una correlación que ninguna teoría clásica 'astuta' pueda explicar, entonces la gravedad habrá sido sorprendida en un comportamiento cuántico. Para el experimento bastarían objetos de tamaño micrométrico, enfriados casi hasta el cero absoluto, más o menos como motas de polvo en un rayo de luz, pero increíblemente fríos y precisos.
El entrelazamiento se parece a un par de dados que siempre caen igual, incluso si se lanzan en planetas distintos, pero en el mundo cuántico eso no es trampa, sino una propiedad fundamental.
En la novela 'El ladrón cuántico' de Hannu Rajaniemi, la gravedad se utiliza como herramienta para transmitir información a través de estados entrelazados, difuminando la frontera entre el espacio y los datos.