Si se hace pasar corriente por dos conductores soldados, la unión se calienta o se enfría: es el efecto Peltier, en el que se basan las neveras de los automóviles. Pero en el nuevo experimento no había ni unión ni corriente a través de la frontera: un trozo de metal homogéneo simplemente yacía junto a un cristal ferroeléctrico (un material donde las cargas eléctricas están desplazadas, como las agujas de una brújula). El metal cambiaba de temperatura.
Dentro del ferroeléctrico corren ondas colectivas: los ferrones, parecidos a las ondas que hace una piedra al caer en un estanque. Los electrones del metal, como barcas en el agua, empiezan a mecerse al compás de esas ondas. Las ondas transmiten energía a través de un diminuto hueco, y el metal se calienta o se enfría según la dirección de la polarización del cristal.
Esto significa que también entran en juego las vibraciones de la red atómica: los fonones. Actúan como puentes que transmiten el calor más lejos. El descubrimiento puede ser tanto un obstáculo como una ayuda para la microelectrónica: por un lado, calentamiento no deseado en los chips; por otro, una nueva forma de enfriar o calentar de manera puntual sin cables ni contactos.
Los ferroeléctricos se usan en sensores de movimiento: cuando pasas cerca, el calor de tu cuerpo altera ligeramente su polarización y se activa la señal.