Un reflector con haz de ancho variable barre la costa. Su luz son las largas olas oceánicas que nacen en la zona de rompiente y se propagan en ambas direcciones: hacia la playa y hacia mar abierto. Antes se consideraba que este reflector era puntual, pero la zona real de rompiente, donde rompen las olas cortas, tiene un ancho finito que cambia a medida que el frente avanza y retrocede.
Los científicos separaron la fuerza generadora en la contribución de la rotura y de las olas ligadas. Las olas ligadas son olas largas que viajan junto con los grupos de olas cortas, como la sombra de una nube que corre por el suelo. La rotura, por su parte, actúa como una fuente que no permanece fija: migra hacia la costa cuando las olas avanzan y retrocede cuando se retiran. Y aquí es donde el ancho de la fuente comienza a actuar como filtro. La luz de diferentes puntos del reflector llega al observador con diferentes fases, y las altas frecuencias se cancelan entre sí, como las ondas de dos piedras lanzadas al agua.
El movimiento de la fuente añade un efecto familiar para todos por la sirena de una ambulancia: al acercarse suena más aguda y al alejarse más grave. Para un observador en la costa, las olas que van hacia la playa se comprimen, mientras que las que se dirigen al mar se estiran. Experimentos numéricos en playas con pendientes de 1:10 a 1:50 confirmaron que cuanto más ancha es la huella de la fuente, más se atenúa la parte superior del espectro.
La profundidad de rotura, es decir, el lugar donde la ola rompe, controla la eficiencia con la que la fuerza generadora se convierte en oscilaciones de la superficie. Si la profundidad es pequeña, la fuente funciona como un altavoz pegado a la pared: el sonido va en una sola dirección. Si la profundidad es grande, irradia en todas direcciones y llega menos energía a la costa.
El reflector que barre la costa ya no se ve como un punto, sino como una banda ancha de luz. Y de su ancho depende qué olas llegarán a la playa y cuáles se dispersarán en el mar. Este conocimiento ayuda a predecir con mayor precisión las inundaciones y el impacto de las olas en las estructuras portuarias, que pueden resonar con las olas infragravitatorias.
Las olas infragravitatorias tienen períodos de 20 a 250 segundos, comparable al tiempo que una persona tarda en realizar varias respiraciones. Estas olas pueden causar oscilaciones del nivel del agua en puertos, dando lugar a resonancias que mecen los barcos amarrados.