Los científicos simularon fusiones de estrellas de neutrones y descubrieron que la «cola» de las ondas gravitacionales después de la fusión permite deducir las propiedades de la materia en el núcleo. Es como si por el sonido apagado de una campanilla supiéramos de qué metal está hecha. Esta conexión abre el camino para entender la materia a densidades extremas, donde no hay otra forma de mirar.
Cuando un par de estrellas de neutrones se fusionan, se desencadena un destello de rayos gamma y ondulaciones en el espacio-tiempo —como el golpe sobre un gong resonante—. El remanente sigue vibrando, emitiendo un repique gravitacional que se desvanece.
Los investigadores simularon cientos de estas catástrofes, variando la elasticidad de la materia superdensa. Resultó que la relación entre la energía perdida y la disminución de la velocidad de rotación determina de forma inequívoca cuán maleable es la sustancia: un rápido decaimiento del repique bajo la misma desaceleración indica una estructura interna blanda, de manera similar a como una campana de plastilina se silencia más rápido que una de acero. Curiosamente, en el centro de la estrella la materia es a la vez superfluida y miles de millones de veces más dura que cualquier metal; tal paradoja vuelve el repique aún más informativo.
Antes era imposible asomarse a tales profundidades. Ahora, captando el eco gravitacional con detectores cuyo creador fue Rainer Weiss, podremos conocer de primera mano qué esconden los «ladrillos» más extremos del cosmos. Esto también indicará si en estas fusiones nacen agujeros negros y de dónde provienen el oro y el platino en la Tierra. Por cierto, la primera estrella de neutrones como púlsar fue descubierta por Jocelyn Bell Burnell en 1967, y su hallazgo aún depara sorpresas.
🎯 Algunas estrellas de neutrones giran a 716 revoluciones por segundo, más rápido que una batidora de cocina.