El universo temprano era un entorno extremadamente caliente y denso. En ese medio, como burbujas de vapor en agua hirviendo, surgían espontáneamente burbujas de un nuevo estado del espacio: regiones donde las propiedades físicas cambiaban drásticamente. Por lo general, se considera que estas burbujas son estructuras relativamente simples, pero algunas portaban una cantidad colosal de "patrones" ocultos: estados microscópicos que los físicos llaman entropía. Imagina una burbuja de jabón: su fina película brilla con los colores del arcoíris, pero aquí la superficie de la burbuja no brilla con siete colores, sino con miles de millones de matices distintos, cada uno correspondiente a una variante cuántica diferente.
Cuando estas burbujas colisionan y se fusionan, su entrelazamiento cuántico no desaparece sin dejar rastro, sino que influye significativamente en la dinámica de la fusión. Este efecto deja una huella característica en las ondas gravitacionales: ondulaciones del tejido del espacio-tiempo que se propagan a la velocidad de la luz. A diferencia de la fusión de agujeros negros, donde, según las concepciones clásicas, la información sobre la estructura interna parece perderse para el observador externo, las burbujas cuánticas comparten generosamente sus "recuerdos" a través de la señal de ondas gravitacionales. En esta señal se conserva un rastro cuántico nítido: un eco de su diversidad que se manifiesta en sutiles peculiaridades de la forma de onda.
Los futuros detectores, cuya sensibilidad sigue perfeccionándose siguiendo el modelo de los instrumentos creados por Rainer Weiss (pionero de la interferometría láser para la detección de ondas gravitacionales), podrán captar estas señales características. La detección de este eco cuántico nos permitirá por primera vez vislumbrar la "personalidad" cuántica del propio espacio, revelando su naturaleza fundamental a un nivel inaccesible para cualquier otro experimento.
Cada burbuja nacía simultáneamente en todos los estados posibles, como si una moneda lanzada cayera a la vez en cara y cruz. La complejidad de la burbuja era astronómica: el número de sus microestados supera la cantidad de átomos en el universo observable.
La ciencia ficción a menudo explora el tema de los universos múltiples, pero aquí los "universos-burbuja" además están cuánticamente entrelazados, como si compartieran una memoria común del momento de la creación.