El océano es como un pastel en capas: arriba, agua cálida y ligera; abajo, agua fría y densa. Entre las capas, en la interfaz, se pasean olas invisibles desde la superficie. No levantan crestas como una tormenta, sino que mecen lentamente toda la columna de agua, como si alguien sacudiera un enorme acuario desde dentro. Estas olas internas transportan energía y calor, mezclan nutrientes e influyen en el clima de todo el planeta.
Los científicos notaron hace tiempo que si se mide la fuerza de las olas internas a diferentes profundidades y frecuencias, se obtiene siempre el mismo patrón, en cualquier océano y en cualquier época del año. Este patrón universal se llama espectro de Garrett-Munk. Pero de dónde surge fue durante mucho tiempo un misterio. En el nuevo trabajo, los investigadores dedujeron este espectro directamente de las ecuaciones del movimiento del agua, las mismas que describen cómo fluye el líquido y cómo rota junto con la Tierra.
El paso clave fue tener en cuenta la rotación de la Tierra. Antes se descartaba para simplificar los cálculos, pero es precisamente lo que hace que las olas sean estables y evita que la energía se acumule en un solo lugar. Resultó que la distribución de energía entre profundidades y frecuencias se puede obtener sin ajustar las fórmulas a los datos, simplemente siguiendo las leyes de la física. Además, la energía fluye de las olas grandes a las pequeñas, como el agua que se extiende por los capilares.
Este resultado es como un mapa que permite predecir hacia dónde se mueve el calor en el océano. Y, por tanto, comprender mejor cómo respira el océano y cómo responderá a los cambios climáticos.
Las olas internas pueden alcanzar alturas de 100 metros o más, pero en la superficie del mar apenas se ven: solo una ligera marejada o franjas de espuma.