La tomografía computarizada es como una radiografía que toma cientos de imágenes desde distintos ángulos y con ellas construye una imagen tridimensional del cuerpo. Pero cada imagen implica una pequeña dosis de radiación, y los médicos necesitan saber cuánta recibe cada órgano. Hoy en día, esto suele estimarse de forma aproximada, con tablas promedio, y no para cada paciente en particular.
Los investigadores enseñaron a una red neuronal a predecir la dosis para cada órgano. Para entrenarla hacen falta ejemplos, pero los datos reales escasean: no vas a irradiar a una persona solo por un experimento. Por eso crearon miles de cuerpos virtuales: fantomas informáticos con distintos tamaños de órganos y formas corporales. El modelo entrenado solo con estos datos sintéticos se equivocaba en órganos pequeños como el cristalino del ojo o la glándula tiroides.
Este enfoque híbrido es como el entrenamiento de un piloto: primero cientos de horas en el simulador, luego unos pocos vuelos con un instructor. Los cuerpos virtuales aportan variedad, y los datos reales, el anclaje a la realidad. Esto reduce la necesidad de registros médicos reales y ayuda a hacer la dosimetría personalizada.
Los fantomas virtuales para el entrenamiento se crearon con una variabilidad controlada en los volúmenes de los órganos, desde muy pequeños hasta muy grandes, para que el modelo no se sorprendiera ante la diversidad de cuerpos humanos.