Una llamarada solar es como una explosión en la atmósfera: brillante, rápida, con diferentes 'voces'. Los rayos X provienen de electrones que se aceleran y frenan bruscamente, perdiendo energía. Pero en 2017, los detectores del satélite Fermi captaron otra señal: rayos gamma que no encajaban en ese panorama. Eran demasiado intensos en energías de varios millones de electronvoltios, como si alguien hubiera encendido una fuente de luz aparte.
El espectro de esos rayos gamma apuntaba a un grupo extraño de electrones: no tienen una caída suave de energía, sino un pico, una 'joroba' en la zona de varios MeV. Eso no se obtiene con el frenado normal. Los científicos compararon los datos de Fermi con observaciones de radio en frecuencias de microondas del telescopio EOVSA. Resultó que la forma del espectro de microondas de los electrones 'jorobados' no se parece en nada al espectro de los normales. Es como distinguir la voz de un trombón de la de un violín en una orquesta.
Al revisar los mapas de la llamarada, los investigadores encontraron una región donde el espectro de microondas coincidía con el esperado para los electrones 'jorobados'. Esa región está en la corona solar, cerca del lugar donde el campo magnético libera energía y acelera a la mayor parte de las partículas. Así que los electrones misteriosos no nacen en el sitio: llegan desde la zona de aceleración y, de camino, cambian su perfil energético. Es el transporte, no la aceleración, lo que los hace así.
Así, por primera vez se ha podido vincular el misterioso componente gamma con un lugar concreto del Sol y comprender que es el resultado del viaje de las partículas, no de un nuevo mecanismo de aceleración. La llamarada resultó no ser solo una explosión, sino un camino con transbordos, donde una parte de los pasajeros electrones se baja en otra estación para brillar en el rango gamma.
Los rayos gamma de la llamarada solar del 10 de septiembre de 2017 fueron tan brillantes que los detectaron instrumentos normalmente orientados a explosiones cósmicas lejanas.