En un cristal de carburo de silicio, parecido a una piedra transparente, se esconden defectos: lugares donde los átomos no están alineados. Uno de estos defectos funciona como un nodo cuántico: el electrón en su interior gira y procesa información, mientras que el núcleo de un átomo vecino la guarda silenciosamente. Antes, estos dos apenas se comunicaban: el ruido térmico y los campos magnéticos lo impedían.
Los autores idearon una secuencia de pulsos de radio que hace que el electrón y el núcleo intercambien datos sin perderlos. Es como mantener una conversación en un taller ruidoso, pero oyendo cada palabra con claridad. Con estos pulsos crearon un estado entrelazado, en el que dos partículas están conectadas de tal manera que un cambio en una se refleja al instante en la otra, incluso a distancia. La precisión alcanzó el 90 por ciento.
El carburo de silicio ya se utiliza en electrónica de potencia: soporta altas temperaturas y tensiones. Ahora, este mismo material podría ser la base de las redes cuánticas: se pueden cultivar cristales grandes y fabricar muchos nodos idénticos. Es un paso hacia que los ordenadores cuánticos en distintas ciudades intercambien información con la misma facilidad con la que hoy lo hacen los servidores convencionales.
El carburo de silicio es el mismo material del que están hechos los discos de freno de los coches deportivos: es duro y no le teme al calor.