Pesar una nube de gas caliente del tamaño de un millón de galaxias no es tarea fácil. Los astrónomos observan cómo este gas presiona la luz que pasa a su lado y, según esa presión, calculan su masa. Pero el gas en los cúmulos de galaxias no está quieto: burbujea como una olla hirviendo, y parte de la presión se va en turbulencia, no en evitar que el gas se comprima. Por eso, la masa del cúmulo resulta subestimada y todos los cálculos sobre la materia oscura empiezan a fallar.
Para detectar este error, los científicos proponen combinar tres observaciones diferentes de la misma zona del cielo. La primera: cómo la luz de galaxias lejanas se distorsiona en su camino hacia nosotros, como el fondo de una piscina visto a través de las ondas del agua. La segunda: cómo se distribuyen las propias galaxias en esa zona. La tercera: el débil resplandor del gas caliente, que quedó del Big Bang y se calentó ligeramente al atravesar el cúmulo. Cada medición por sí sola es imprecisa, pero juntas dan una corrección con una precisión del uno por ciento.
Los futuros sondeos del cielo, como el telescopio Vera Rubin y el telescopio espacial CSST, podrán realizar estas mediciones. En unos años, la fracción de materia oscura en el universo se conocerá con un margen de error de menos del uno por ciento, y por fin quedará claro qué tan rápido se expande el universo.
Un cúmulo de galaxias puede pesar como un millón de billones de soles, pero el gas caliente que contiene ocupa diez veces más espacio que las propias galaxias.