Durante mucho tiempo, los cosmólogos no pudieron mirar más allá del punto de inicio: la singularidad infinitamente densa del Big Bang, donde las ecuaciones de la relatividad general de Einstein pierden su poder predictivo. La solución llegó desde la física de medios continuos: el gas de Chaplygin, una sustancia exótica que, bajo ciertas condiciones, imita a la energía oscura, esa fuerza misteriosa que hace que el universo se expanda aceleradamente. Imagina una cama elástica bien tensa: si algo cae sobre ella, se hunde y luego dispara el objeto de vuelta. Así actúa el gas de Chaplygin: cuando el universo en contracción alcanza una densidad crítica, se "hunde" en ese medio, provoca su deformación, y este, como un resorte, empuja al espacio-tiempo hacia una nueva fase de expansión.
En el momento de ese rebote elástico ocurre algo contraintuitivo: los relojes que miden la edad cósmica —es decir, el propio tiempo, inseparable de la geometría del espacio— se invierten. Para la materia dentro del universo, el tiempo comienza a fluir hacia atrás, y esto no es solo una curiosidad matemática: desde fuera, el rebote se ve como un instante de silencio, una pausa entre la contracción y la expansión, pero dentro de esa pausa se esconde toda una era de flujo inverso. El universo no se destruye en la singularidad, sino que realiza un "gran rebote".
Lo más sorprendente es que el mecanismo es estable incluso en condiciones extremas, cuando las ondas sonoras en el gas de Chaplygin se propagan más rápido que la luz. Nuestra intuición cotidiana se rebela ante tal violación de la causalidad, pero el aparato matemático sigue siendo consistente: las ecuaciones continúan funcionando. Además, la adición de cualquier otra forma de materia —radiación, materia ordinaria— no destruye el rebote. Esta asombrosa robustez hace que el modelo sea atractivo para explicar lo que pudo haber ocurrido antes del Big Bang.
Para un observador externo, el rebote parecería un instante de silencio: el universo se contrae, se detiene por un momento y se despliega de nuevo. Pero dentro de esa pausa se esconde toda una era vivida hacia atrás.
La película 'Tenet' de Nolan es un modelo casi exacto: el tiempo fluye hacia atrás, aunque no para salvar el universo, sino para misiones de espionaje.