Una partícula diminuta flota en un rayo láser, como una mota de polvo en la luz de una linterna. Las moléculas de agua la empujan constantemente, de forma desordenada y desde todas las direcciones. Normalmente, estos empujones estorban: la partícula se sacude y las mediciones precisas se convierten en una lotería. Pero los físicos han ideado la manera de convertir el obstáculo en una ventaja.
Tomaron unas pinzas ópticas (un láser que mantiene la partícula en un punto) e hicieron dos cosas a la vez: aumentaron la fuerza que tira de la partícula y añadieron ruido externo, es decir, empujones aleatorios adicionales. Resultó que la partícula empezó a moverse más rápido, pero su comportamiento permaneció más cerca del equilibrio térmico que sin tales artimañas. Es como si un intérprete se distrajera con cada crujido en la sala y la reunión de una hora se convirtiera en dos; ahora los crujidos se han convertido en un fondo rítmico que ayuda a concentrarse.
Esta técnica se ha denominado «reescalado del reloj de Langevin» (por el físico que describió el movimiento aleatorio). Permite acelerar los cálculos en ordenadores termodinámicos, dispositivos del futuro que calculan utilizando saltos aleatorios de partículas y gastan muy poca energía. En el experimento, se logró reconstruir con mayor precisión la diferencia de energía libre a partir de mediciones de no equilibrio, es decir, de aquellos casos en los que el sistema no tiene tiempo de calmarse.
Ahora se puede ajustar la misma pinza láser para que la partícula «repase» sus estados más rápido y dé la respuesta. Así, los cálculos que antes tomaban minutos ahora tomarán segundos, y casi sin gasto de energía.
Las pinzas ópticas utilizadas en el experimento funcionan como una mano diminuta: el rayo láser atrapa la partícula y la sostiene sin tocarla. Este método obtuvo el Premio Nobel en 2018.