Un río fluye en una dirección, mientras una ola en su superficie avanza en la contraria. Esa misma dualidad ocurre en los materiales hiperbólicos: la energía de la onda luminosa y sus frentes de onda divergen, impidiendo crear una lente nítida. Los físicos dominaron este caos aplicando la geometría del espacio-tiempo de la teoría especial de la relatividad, creada por Einstein sobre la base de los trabajos de Lorentz. Las propiedades del material se transforman en una métrica donde la velocidad de la luz juega el papel de constante fundamental, y todo encaja.
Los científicos derivaron fórmulas universales que permiten diseñar lentes que enfocan la luz con enorme precisión, sorteando el desenfoque natural inherente a toda lente. Esta óptica distingue detalles cientos de veces más pequeños que la longitud de onda; por ejemplo, una lupa capaz de leer texto en un átomo. En el experimento se simuló una lente plana para el infrarrojo medio, que utiliza polaritones, vibraciones cuánticas de la red cristalina.
Las mismas ecuaciones que predicen la curvatura del espacio-tiempo alrededor de las estrellas ayudaron a diseñar lentes capaces de distinguir detalles del tamaño molecular.