La enfermedad de Alzheimer comienza de forma silenciosa: en lo profundo del cerebro se acumulan dos proteínas, tau y beta-amiloide. Se comportan como semillas de maleza: un pequeño cúmulo hace que las células vecinas produzcan más cúmulos. Poco a poco, las proteínas se extienden por las fibras nerviosas, como el agua por los capilares de una servilleta de papel, y van invadiendo nuevas zonas.
Mientras tanto, el cerebro se encoge. En una persona sana es como una esponja empapada en agua, pero con Alzheimer es como una esponja seca: pierde volumen, los surcos se hacen más profundos y los ventrículos se ensanchan. Los científicos llevaban tiempo viendo esto en las imágenes, pero no podían relacionarlo con los procesos microscópicos.
Ahora, en Oxford, han construido un modelo informático que une ambos niveles. Se cargan las resonancias magnéticas de un paciente concreto, y el programa reconstruye la forma del cerebro y la dirección de las fibras nerviosas. Luego se lanza la simulación: las proteínas se propagan por las fibras y el tejido, en respuesta, pierde volumen. Tras varios años virtuales, el modelo muestra cómo cambiará exactamente el cerebro de esa persona.
Es como un pronóstico del tiempo para el cerebro. En lugar de ciclones y precipitaciones, un mapa de la propagación de las proteínas y de las zonas de futura contracción. El médico podrá ver de antemano qué áreas se verán más afectadas y ajustar la terapia antes de que aparezcan síntomas evidentes. Y el modelo, junto con el programa de procesamiento de imágenes, lo han puesto a disposición de todos: cualquier investigador puede descargarlo y adaptarlo a sus necesidades.
La velocidad de propagación de la proteína tau por el cerebro es de aproximadamente 1 a 2 milímetros por año, cien veces más lenta que el crecimiento de una uña.