En una habitación a oscuras tictaquea un reloj invisible. Su marcha solo se delata por un temblor apenas perceptible de las manecillas. Lo mismo ocurre con la gravedad: si no es cuántica, debe temblar ligeramente, como si una multitud invisible la empujara. Ese temblor es el ruido.
Los físicos han descubierto que, en cualquier teoría sin partículas cuánticas de gravedad, ese ruido no puede ser tan pequeño como se quiera. Construyeron un esquema general que describe el temblor para todas esas teorías. Bastaron tres condiciones sencillas: la ley de Newton debe cumplirse en promedio, la evolución no debe mirar hacia el futuro y las leyes no deben cambiar cuando el movimiento es uniforme.
Ese umbral, para un par de cuerpos de un miligramo cada uno separados por un milímetro, corresponde a una aceleración de aproximadamente $10^{-18}$ m/s²/√Hz. Es mil veces menor que lo que ya sabe medir la nave espacial LISA Pathfinder. La diferencia parece enorme, pero los ingenieros ya trabajan en sensores más sensibles, y el objetivo es alcanzable.
El tictac de un reloj en la oscuridad puede medirse sin ver el reloj. Aquí pasa igual: no hace falta observar directamente el entrelazamiento cuántico. Basta con medir el ruido y compararlo con el umbral. Si está por debajo, la gravedad es cuántica y el entrelazamiento ya ha ocurrido. Si está por encima, pueden descartarse clases enteras de teorías. Solo queda aguzar el oído.
El umbral de ruido para masas milimétricas es solo mil veces inferior al ya alcanzado en el experimento espacial LISA Pathfinder. Es decir, la sensibilidad necesaria no está a una distancia fantástica, sino dentro del alcance de la ingeniería.
La idea de que la gravedad pueda no ser cuántica, sino estocástica, dialoga con la novela de Greg Egan «La escalera de Schild», donde la física obedece a reglas distintas en distintas regiones del espacio. Aquí la pregunta es qué reglas rigen en nuestro universo, y la respuesta podría darla el ruido de laboratorio.