El agua descompuesta por electricidad en hidrógeno y oxígeno es un viejo sueño de combustible limpio. Pero en el camino se interponen diminutas burbujas de gas: recubren los electrodos como la espuma en las paredes de un vaso de refresco y dificultan que la corriente haga su trabajo. Cada burbuja es un pequeño tapón que bloquea parte de la superficie donde debería ocurrir la reacción.
Los científicos decidieron observar qué sucedería si se aumentaba la presión en el sistema. Resultó que las burbujas se vuelven más pequeñas: se comprimen como globos en las profundidades. Y si se aplica al electrodo un patrón de microcolumnas, se puede controlar el tamaño de las burbujas: cuanto más grandes son las columnas, más grandes son las burbujas que liberan. En los experimentos, la presión varió de una a seis atmósferas, y a alta presión las burbujas pequeñas se desprendían más rápido de la superficie, liberando espacio para la reacción.
Lo más sorprendente: aunque la termodinámica predice un aumento de las pérdidas de voltaje con la presión (unos 23 milivoltios a seis atmósferas), en la práctica, a alta corriente, las pérdidas no aumentaron, sino que disminuyeron: nada menos que 60 milivoltios. Las burbujas pequeñas compensaron con creces la penalización termodinámica. Esto abre el camino hacia un hidrógeno más barato que podría producirse directamente en parques eólicos y solares, almacenando la energía del viento y del sol en forma de gas.
Así que la lucha contra las burbujas no es solo un tecnicismo. Es un paso para que el hidrógeno deje de ser una curiosidad de laboratorio cara y se convierta en un combustible común que pueda almacenarse y transportarse.
Las burbujas en la electrólisis del agua se comportan como diminutas lentes: refractan la luz e incluso pueden crear patrones de arcoíris en la superficie del electrodo.