En una nube oscura donde aún no brilla ninguna estrella, el gas comienza a contraerse hacia un centro común. Así nacen las estrellas más masivas de la Galaxia: aquellas que pesan decenas de veces más que el Sol. Los astrónomos apuntaron radiotelescopios hacia la nube SDC335.579-0.292 y vieron cómo las moléculas de gas se alinean en corrientes que caen hacia adentro.
La velocidad de caída resultó ser pequeña: solo 0,6–1,6 kilómetros por segundo. Para comparar: un peatón camina a unos 1,4 metros por segundo, así que el gas se mueve cientos de veces más rápido. Pero lo más interesante no es la velocidad en sí, sino su variación con la distancia al centro. En los bordes de la nube, el gas se acelera; más cerca del medio, frena; y justo en el centro vuelve a acelerarse. Este perfil de velocidad indica que la nube no se comprime simplemente como un todo, sino que a distancias intermedias se descompone en grumos y filamentos.
Si el gas cayera uniformemente, las líneas de emisión de las moléculas se verían simétricas. Pero en las observaciones aparecen distorsionadas: parte del gas se mueve hacia nosotros, parte se aleja, y esa distorsión se atribuyó a turbulencia. El nuevo análisis mostró que, en realidad, dentro del haz del telescopio se esconde una caída ordenada que se disfraza de caos.
Así nace una estrella gigante: primero la nube se contrae lentamente, luego aparecen grumos en su interior, y solo después la materia se precipita hacia el centro. Este escenario explica por qué las estrellas masivas suelen estar rodeadas de densos cúmulos y filamentos de gas.
La velocidad de caída del gas en esta nube es de aproximadamente 1 km/s. En una hora, ese flujo recorre la distancia entre Moscú y San Petersburgo.
En la novela 'La nube negra' de Fred Hoyle, una nube de gas inteligente controla el movimiento de la materia; aquí, en cambio, la nube organiza su propia caída hacia el centro, obedeciendo a la gravedad.