Una nube ultrafría de átomos atrapada en una trampa de luz láser sabe «respirar»: se contrae y se expande rítmicamente, como unos pulmones. Los físicos saben observar esta respiración desde hace tiempo, pero solo ahora han comprendido que su amplitud no es solo una imagen bonita, sino un medidor preciso de las ocultas vibraciones energéticas dentro de la nube.
En el trabajo se demuestra que la amplitud de la respiración está relacionada con las fluctuaciones de energía mediante una fórmula universal. En ella aparece un único número: el índice de Bargmann, que viene determinado por la simetría del sistema (SO(2,1), una estructura matemática especial que describe estos gases). Este número no depende ni del tipo de átomos ni de la forma en que se haya agitado la nube. Es como si el volumen de la respiración de una persona indicara siempre con la misma precisión su agitación interna, tanto si ha estado corriendo como si simplemente está nerviosa.
La utilidad práctica es que ya no hace falta descomponer la nube en átomos para conocer la estadística de la energía. Basta con medir cuánto respira. Esto es especialmente valioso para sistemas cuánticos fuertemente interactuantes, donde el recuento directo de la energía es casi imposible, pero los movimientos colectivos se ven con claridad.
Este enfoque abre el camino al estudio de la energética de no equilibrio en una gran variedad de gases cuánticos, desde gases de fermiones ultrafríos hasta mezclas exóticas. La respiración de la nube se convierte en una ventana a un mundo que antes solo era accesible mediante cálculos muy complejos.
El modo de respiración es una oscilación colectiva en la que la nube de átomos se contrae y se expande como un globo, pero con una frecuencia dictada por las leyes cuánticas.