Durante el día, en el desierto chileno de Atacama, el aire vibra por el calor, como sobre una sartén ardiente. La luz del Sol, al atravesar ese temblor, se pone a bailar y a parpadear. Los astrónomos llaman a ese movimiento del aire «visión»: les impide a los telescopios ver las estrellas con nitidez.
Para combatir esta molestia, los ingenieros han construido un instrumento especial: un monitor solar de visión. Está instalado junto al futuro telescopio PoET en el observatorio de Paranal y, durante el día, observa cuánto tiembla la luz del Sol. El aparato puede apuntar a cualquier zona del disco solar y medir el temblor en áreas de 1 a 55 segundos de arco (es como mirar una moneda desde varios kilómetros de distancia).
Los datos del monitor de visión indicarán en qué horas el aire está más tranquilo y qué tamaño de abertura del telescopio conviene elegir para obtener la imagen más nítida. Así, el temblor del cielo pasa de ser un estorbo a convertirse en un aliado: conociéndolo, los astrónomos podrán buscar con más precisión planetas rocosos alrededor de estrellas lejanas.
El parpadeo de las estrellas por la noche y el temblor de la luz solar durante el día son el mismo fenómeno: el aire de la atmósfera no deja de moverse y refracta la luz de maneras distintas.
En la novela «Solaris» de Stanisław Lem, el océano del planeta brilla y cambia de forma, algo parecido a cómo la atmósfera terrestre hace temblar la luz de las estrellas lejanas.