Si dos personas miran una ciudad desde colinas diferentes, sus mapas no coinciden. Uno ve la torre a la izquierda del río, el otro a la derecha. Pero ambos saben que la ciudad es una sola. Más o menos así funciona nuestro universo en el nuevo enfoque de la gravedad cuántica.
Los autores del trabajo proponen distinguir dos "tipos" de espacio-tiempo. El primero es común para todos, como la ciudad real bajo las colinas. El segundo es propio de cada observador, como un boceto a mano alzada. Este boceto personal no está hecho de líneas suaves, sino de puntos-evento individuales conectados causalmente (qué ocurre antes y qué después). La conclusión principal del artículo es que cuando estas dos descripciones interactúan, surge la relatividad de la posición: un efecto en el que dos observadores pueden discrepar sobre dónde exactamente ocurrió algo. Y para ello no se necesita ninguna geometría exótica.
Esta visión da la vuelta al esquema habitual. Antes se pensaba que la relatividad de la posición requería una geometría compleja en el espacio de momentos. Aquí, en cambio, todo se construye alrededor del propio espacio-tiempo, y los momentos juegan un papel secundario. Es como si por fin entendiéramos que no es la colina la que distorsiona el mapa, sino que el mapa mismo debe ser flexible. En la práctica, esto significa que el nuevo enfoque puede aplicarse a la cosmología en cualquier fondo, no solo en casos especiales. La causalidad —qué ocurrió antes y qué después— sigue siendo nítida incluso en estos modelos flexibles.
Si el espacio-tiempo fuera realmente discreto a nivel microscópico, en la escala de un grano de arena cabrían más "puntos-evento" que granos de arena en todas las playas de la Tierra.
En la novela "El fin de la eternidad" de Isaac Asimov, los observadores de diferentes épocas literalmente ven realidades distintas y se ven obligados a coordinarlas para no destruir la historia.