Cuando dos agujeros negros se fusionan, sus horizontes de sucesos — superficies de «no retorno» — se unen como dos trozos de cinta adhesiva. El área total nunca disminuye. Esta es la ley descubierta por Stephen Hawking en los años 70.
Los detectores LIGO y Virgo, que captan ondas gravitacionales, confirmaron la regla en la práctica. Luego los físicos fueron más allá: tomaron la ley como absoluta y exigieron que las teorías de gravedad cuántica la obedecieran. Resultó ser un filtro estricto: solo sobreviven aquellas construcciones donde desaparecen las superestructuras matemáticas adicionales y el espacio-tiempo curvado carece de inestabilidades ocultas. Un bono inesperado: el cumplimiento estricto de la ley conduce automáticamente a la fórmula propuesta originalmente por Jacob Bekenstein, S = A/4, que relaciona la entropía con el área, e incluso insinúa que el horizonte del agujero negro podría no ser una esfera perfecta, sino tener irregularidades microscópicas. Tales simplificaciones descartan muchas teorías complejas y nos acercan a resolver la naturaleza cuántica de la gravedad.
Si el área del horizonte pudiera disminuir, se podría extraer energía ilimitada de un agujero negro, pero la estructura del universo lo prohíbe.