Una cámara ultrarrápida capaz de filmar el movimiento de los electrones es el interferómetro de attosegundos. Este envía dos pulsos láser a la materia con un diminuto retraso. El primero, ultravioleta, como un destello, arranca un electrón de la molécula. El segundo, infrarrojo, como una mano invisible, empuja o frena ligeramente a ese electrón en pleno vuelo. Según cómo cambia la energía del electrón, los científicos reconstruyen la secuencia de eventos que duran milmillonésimas de milmillonésima de segundo.
Hasta ahora se pensaba que el pulso infrarrojo solo interactuaba con el electrón liberado, y que la molécula en sí era un simple escenario inmóvil. Pero los autores del nuevo trabajo decidieron comprobarlo con dióxido de carbono (CO₂). Descubrieron que la luz infrarroja también puede sacudir a la propia molécula que se ha quedado sin electrón. Esta sacudida abre para el electrón una tercera ruta, antes oculta. Ahora el electrón puede abandonar la molécula no por un único camino, sino por dos diferentes, y además recibir un empujón extra de la molécula excitada. Las tres trayectorias se superponen, como las ondas en el agua producidas por tres piedras lanzadas.
Para desentrañar esta mezcla, los físicos midieron la energía y el ángulo de emisión de los electrones. Resultó que, al promediar sobre todos los ángulos, la nitidez del patrón de interferencia disminuye en un cierto rango de energías. Es como una orquesta donde dos músicos tocan a compás y un tercero a veces entra fuera de tiempo, haciendo que el sonido general se atenúe en algunos pasajes. Al comparar el experimento con la teoría, los científicos pudieron aislar la contribución de cada una de las tres rutas. El tercer camino, relacionado con la excitación de la molécula, resultó no ser una simple interferencia, sino una parte importante del proceso que no se puede ignorar.
Este descubrimiento cambia las reglas del juego para toda la espectroscopía de attosegundos (el método para estudiar procesos ultrarrápidos). Antes, al estudiar átomos simples, se podía despreciar el efecto sobre el propio ion. Pero para moléculas y sistemas más complejos, ese enfoque ofrece una imagen incompleta. Ahora, conociendo el tercer camino cuántico, los científicos podrán descifrar con mayor precisión los procesos ultrarrápidos, como la redistribución de energía en la fotosíntesis o la descomposición de moléculas por radiación. Volviendo a nuestra cámara ultrarrápida, se podría decir que ahora tiene un nuevo modo de grabación más sensible, que captura no solo al protagonista, sino también al decorado que de repente cobra vida.
Los pulsos de attosegundos son tan cortos que si un segundo se estirara hasta la edad del universo, un attosegundo equivaldría a un segundo.
En la novela «La última pregunta» de Isaac Asimov, una supercomputadora aprende a controlar procesos a nivel de partículas elementales, con una resolución temporal similar a la que proporcionan los láseres de attosegundos.