Dos partículas del tamaño de una mota de polvo, vinculadas por entrelazamiento cuántico, son como un dúo de músicos con oído absoluto. Su atracción gravitatoria es un ritmo común, sensible a cualquier distorsión. Las dimensiones ocultas introducen en ese ritmo un desajuste casi imperceptible.
Para notarlo, las partículas se colocan en superposición: se las obliga, como al gato de Schrödinger, a estar en dos lugares a la vez. Su naturaleza ondulatoria hace que la gravedad se manifieste de forma distinta a la del mundo cotidiano de Newton: surge un desplazamiento de fase medible. Si la teoría de cuerdas con sus dimensiones adicionales es correcta, el desplazamiento será diferente del que predice el Modelo Estándar. Esto permite eludir las interferencias eléctricas que ahogan la señal en los experimentos habituales.
El principal enemigo es la decoherencia, que destruye los frágiles estados cuánticos. Pero incluso un pequeño progreso en combatirla abrirá el camino a estudios de laboratorio de la curvatura del espacio-tiempo, aquello que Einstein consideraba casi místico. Y si las dimensiones ocultas fueran un poco más grandes, las sentiríamos a cada instante: los objetos cercanos se atraerían como imanes.
Si las dimensiones adicionales fueran un poco más grandes de lo predicho, la gravedad a distancias cortas sería mucho más intensa. Las llaves caídas no tintinearían, sino que literalmente se pegarían a la palma de la mano.
La idea de dimensiones ocultas ha inspirado a la ciencia ficción: en la película «Interstellar», el héroe, al entrar en un espacio pentadimensional, se mueve a través del tiempo, un guiño a cómo las dimensiones adicionales cambian las leyes de la física.