Cuando dos estrellas muertas colisionan en una galaxia lejana, dos mensajeros nos informan del evento: un estremecimiento del espacio —la onda gravitacional— y un destello de luz. Ambos mensajeros corren hacia nosotros a través del universo, pero sus caminos pueden diferir ligeramente. La luz a veces se retrasa debido al polvo cósmico, mientras que las ondas gravitacionales atraviesan todo de punta a punta, casi sin notar los obstáculos.
Los autores del estudio han encontrado una manera de contrastar los testimonios de estos dos mensajeros. Han deducido reglas matemáticas simples que relacionan las distancias medidas con la luz y con las ondas gravitacionales. Las reglas funcionan como un detector de mentiras: si ambos métodos dan resultados consistentes, nuestra imagen del mundo es correcta. Si aparece una discrepancia, significa que hay algo que no sabemos sobre cómo está hecho el cosmos.
Lo más interesante es que las reglas no dependen de si nuestro universo es plano o ligeramente curvado, como la superficie de una burbuja de jabón gigante. Normalmente, los astrónomos consideran que el cosmos es plano por simplicidad, pero esta convención puede introducir errores en los cálculos. Las nuevas fórmulas permiten evitar esa suposición y comprobar si el mundo realmente está curvado. Es como si un cartógrafo aprendiera a dibujar un mapa preciso del terreno sin saber de antemano si está en una llanura o en una ladera.
La onda gravitacional de la fusión de estrellas de neutrones detectada en 2017 recorrió 130 millones de años luz, y durante ese viaje su amplitud disminuyó tanto que los detectores LIGO captaron un desplazamiento de los espejos mil veces menor que el tamaño de un protón.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, una señal extraterrestre contiene instrucciones para construir una máquina que utiliza ondas gravitacionales para viajar; aquí las usamos como otra forma de «escuchar» el cosmos.