Dos agujeros negros vuelan uno hacia el otro y chocan de frente. En la imagen habitual, sus horizontes (las superficies de las que ni siquiera la luz puede escapar) se estiran mutuamente, como gotas de agua, y se fusionan en una figura lisa. Pero los cálculos muestran otra cosa: antes de la fusión, en cada horizonte se estira un pico afilado: una cúspide. Estos picos se clavan en el espacio y conectan los agujeros, como dos ganchos que se enganchan entre sí.
Los autores han seguido por ordenador cómo crece exactamente ese pico en el impacto frontal de dos agujeros sin rotación. Resulta que la masa y otras propiedades del horizonte cambian a lo largo del pico según una ley simple, aproximadamente como la tensión en una cuerda que se retuerce desde ambos extremos. Cuanto más cerca de la punta, mayor es la curvatura y más masa se concentra en ese punto.
Antes, la relación entre los agujeros iniciales y el final se juzgaba principalmente por las ondas gravitacionales, esa ondulación que se propaga desde la fusión. Aquí se propone mirar directamente a los propios horizontes: cómo su forma fluye de dos separados a uno común. Esta mirada promete predecir con mayor precisión qué oscilaciones (modos cuasinormales) surgirán en el agujero recién nacido y con qué intensidad sonará.
Los picos en los horizontes resultaron ser piezas centrales sin las cuales el cuadro de la fusión no encaja. Ahora, sabiendo cómo están formados, se pueden construir modelos más simples sin tener que repetir toda la compleja simulación por ordenador cada vez. Es como encontrar la forma universal de un arco de puente sin recalcular cada tornillo.
Si cayeras en un agujero negro, desde fuera verías cómo tu imagen se congela para siempre en su horizonte, enrojeciéndose y apagándose, pero para ti la caída llevaría un tiempo finito.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, los humanos viajan a través de una red de agujeros negros conectados por agujeros de gusano, de manera similar a como las cúspides conectan los horizontes antes de la fusión.