Justo después del Big Bang, el universo parecía un océano burbujeante. Al enfriarse, cambiaba de estado: como un líquido que se convierte en vapor, pero a escala cósmica. Burbujas gigantes de la nueva fase chocaban, sacudiendo el tejido del espacio-tiempo, generando ondas gravitacionales. Al superponerse, estas ondas comprimían la materia hasta que nacían agujeros negros, como remolinos causados por olas que se encuentran.
Estos agujeros resultan minúsculos: con la masa de una montaña pero el tamaño de un núcleo atómico. Según Stephen Hawking, se evaporan, pero muchos han sobrevivido hasta hoy. Según cálculos modernos, podrían constituir toda la materia oscura, cuya existencia sospechó Vera Rubin. La ironía es que puntos invisibles, cada uno más pequeño que un átomo, juntos pesan cinco veces más que toda la materia visible. Las ondas mismas no desaparecieron: debido a la expansión del universo, se corrieron al rojo transformándose en un zumbido grave. Los futuros detectores, inspirados por los trabajos de Rainer Weiss, están diseñados para captar este antiguo susurro.
🎯 Un agujero negro primordial de masa asteroidal es comparable en tamaño a un núcleo atómico, pero pesa como una montaña entera.
🎬 Los agujeros negros diminutos como portales a otros mundos son una imagen frecuente en Lovecraft, por ejemplo, en «La sombra fuera del tiempo».