El café caliente sobre la mesa se enfría: el calor se extiende desde el centro caliente hacia los bordes. De manera similar, sugieren los autores, se comporta el propio universo, solo que a escalas de miles de millones de años luz. Su modelo no describe la energía oscura habitual, sino una redistribución gradual de la energía dentro del cosmos, parecida al lento movimiento del calor desde las regiones más densas hacia las menos densas.
Este flujo de energía no es solo una metáfora bonita. Obedece estrictamente a la segunda ley de la termodinámica: la entropía, es decir, la medida del desorden, debe aumentar. Los científicos encontraron una dependencia que satisface esta condición y la probaron con dos conjuntos de datos. El primero son los destellos de supernovas lejanas, esos faros cósmicos. El segundo son las ondas sonoras congeladas en la distribución de las galaxias. La comparación mostró que la energía podría fluir con una intensidad inversamente proporcional a la raíz del tiempo transcurrido desde el Big Bang.
La consecuencia más inesperada es la geometría del espacio. El modelo favorece un universo ligeramente cerrado, similar a la superficie de una esfera gigante. Un rayo de luz lanzado hacia adelante en ese mundo acabaría regresando por detrás. La curvatura es pequeña pero perceptible: ayuda a reconciliar dos métodos en disputa para medir la edad del cosmos, sin sacrificar ninguno. El café se enfrió, pero la taza resultó no ser plana, sino ligeramente curvada, y eso lo explicó todo.
Si el universo fuera cerrado, como sugiere este modelo, su volumen sería finito: unos 10 billones de años cúbicos, 10 veces mayor que la parte que vemos.
En la novela Solaris de Stanisław Lem, el océano del planeta redistribuye la energía de manera similar al modelo de difusión, solo que a escala estelar.