Un superconductor conduce la corriente sin resistencia, como agua que fluye por una tubería sin fricción. El secreto está en los pares de electrones: dos electrones se unen como una sola entidad, aunque normalmente se repelen. En un superconductor ordinario, los espines de los electrones en un par apuntan en direcciones opuestas: es el estado singlete. Se puede comparar con dos patinadores que giran espalda contra espalda.
Pero hay otro baile: el triplete, donde los espines apuntan en la misma dirección. Es mucho más caprichoso y casi no se encuentra en la naturaleza. Los autores del trabajo demostraron que si se coloca un superconductor singlete en un resonador óptico (simplemente, entre dos espejos muy cercanos), incluso en la oscuridad total, sin un solo fotón, las fluctuaciones del vacío del campo electromagnético reeducan a los electrones. El vacío entre los espejos comienza a cambiar la forma de la superficie de Fermi, esa frontera en el espacio de momentos donde los electrones aún pueden participar en la conductividad. Dependiendo de cómo esté orientada la polarización del campo, el vacío o bien deja el baile singlete, o bien obliga a los pares a reorganizarse en el estado triplete.
Este truco es importante para la superconductividad topológica, un estado donde en los bordes del material aparecen modos especiales de Majorana, prometedores para la computación cuántica. La investigación muestra que el vacío no es en absoluto un vacío, sino un participante activo en el juego cuántico, capaz de cambiar las fases de la materia sin un solo toque.
La superconductividad triplete se descubrió por primera vez en el rutenato de estroncio en 1994, y desde entonces los físicos buscan formas de estabilizarla en otros materiales. Resulta que para ello basta con elegir correctamente los espejos.
En la novela 'Luz de ficción' de Peter Watts, los seres extraterrestres utilizan efectos cuánticos para comunicarse instantáneamente; quizás los superconductores triplete serían el medio ideal para tal comunicación.