La llama de una vela baila con la corriente de aire: a veces se aviva, a veces casi se apaga. Algo parecido hacen los cuásares — agujeros negros supermasivos en el centro de galaxias lejanas, rodeados de un disco incandescente de materia que cae. Solo que sus oscilaciones no ocurren en segundos, sino en meses y años.
Los astrónomos solían describir este temblor con un modelo simple: paseos aleatorios del brillo alrededor de un nivel medio. Pero los autores del nuevo trabajo notaron una trampa. Cuando el nivel medio se fija rígidamente al procesar los datos, el tiempo de amortiguación de estos paseos (el tiempo característico de mezcla) se determina con demasiada confianza. El error resulta muy subestimado. En cambio, otro parámetro — la fuerza de los tirones de brillo a corto plazo — se captura con mucha más precisión incluso con observaciones breves.
Los científicos probaron la idea en 570 cuásares seguidos durante décadas. Construyeron un panorama general: cómo depende la vivacidad del parpadeo de la potencia total del cuásar y de la longitud de onda de observación. Descubrieron que cuanto más potente es el cuásar y más roja la luz, más tranquilo es su «respiración». Y otra sorpresa: los cuásares del universo temprano (que vemos lejos en el pasado) tenían más fiebre que sus descendientes modernos. Como si en su juventud estos objetos fueran mucho más turbulentos.
Algunos cuásares cambian su brillo en un 10–20% en solo unos días — es como si el Sol se apagara y se avivara durante el recreo escolar.
En la novela «Solaris» de Stanisław Lem, el océano del planeta vivo se comporta como un cuásar gigante: su resplandor pulsa de forma impredecible, pero obedece una lógica oculta.