Cada día, toneladas de polvo cósmico y pequeños granos se depositan en la Tierra. Los fragmentos grandes de asteroides y cometas al entrar en la atmósfera se calientan al rojo vivo y trazan estelas de fuego. Pero luego, al enfriarse, planean a través del aire como una hoja de arce arrancada: viste dónde se desprendió, pero una ráfaga de viento la desvía. Así, el meteorito deriva en corrientes invisibles, a merced del más mínimo soplo. Los investigadores reconstruyeron el vuelo de las rocas a partir de registros de brillo y descomposición de la luz, y un modelo informático tuvo en cuenta cómo la humedad y el calentamiento del sol generan el viento. Resultó que incluso un fragmento del tamaño de una nuez se desplaza 300 metros, tres campos de fútbol. La razón está en la naturaleza caótica del aire: sus ráfagas son impredecibles. Gracias a estos cálculos ya se han encontrado 12 meteoritos. Buscar sin tener en cuenta el viento es como correr tras una hoja caída sin saber en qué dirección soplaba el viento.
🎯 El nombre de la investigación, «Fremantle Doctor», hace referencia a la brisa marina de Perth, Australia: este viento refresca la ciudad y metafóricamente ayuda a cazar meteoritos.